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Esta soy yo. Nací en Zaragoza, aunque mi nombre y apellido delatan mis raíces manchegas. Llevo con mucho orgullo el mismo apellido que la legendaria Dulcinea, quien pese a existir solo en la mente de Don Quijote, no deja de ser uno de los personajes más míticos de la literatura española de todos los tiempos.

Cuando era pequeña me encantaba la asignatura de inglés, pedía a mis padres que me compraran cuadernillos extra para el verano. Iba muy adelantada para mi curso y ya entonces me convertí en la traductora oficial de mis compañeros. Solía hacer resúmenes en español de los libros de lectura graduada que mandaban en el cole o el instituto: me los leía en inglés y los resumía en español, que era lo que luego leían mis amigas y compañeros para hacer los exámenes.

Recuerdo cuánto disfrutaba leyendo los libros y haciendo mi propia versión en español. No tardé mucho en darme cuenta de que la traducción era mi profesión ideal, ahora sé que es una vocación. No obstante, no me dediqué inmediatamente a esto, sino que he pasado más de diez años de mi vida trabajando en un despacho de asesoría para empresas y particulares. Gracias a estos años, puedo considerarme una especialista en traducción jurídica, laboral, fiscal, contable y, en general, de cualquier documento administrativo o legal.

Como decía, la traducción literaria o editorial es lo que se me da bien desde pequeña y lo que más me gusta hacer. Pero como siempre hay que seguir aprendiendo, después de graduarme en Traducción e Interpretación realicé un máster en traducción audiovisual, también he estudiado lengua de signos española y, la verdad, no paro de formarme en cualquier aspecto que haga que mi trabajo como traductora mejore día a día.